El consumidor no ve lo que está comprando.

Gracias a los numerosos sellos de calidad y etiquetas ecológicas de la industria gráfica, los clientes y consumidores pueden contribuir con su decisión de compra a la protección medioambiental. El World Wildlife Fund for Nature (WWF), por ejemplo, recomienda los certificados del Forest Stewardship Council (FSC), de la Rainforest Alliance y de ÖKOPAplus. También las etiquetas PEFC (Programme for the Endorsement of Forest Certification Schemes), Blauer Engel (Ángel Azul), Nordic Swan y la Ecoetiqueta Europea cumplen lo que prometen:Una protección activa del medioambiente.

Imprimir menoscaba la calidad del agua.

Las imprentas modernas aprovechan numerosas opciones para reducir las aguas residuales y ahorrar en el consumo de agua. Por ejemplo, al combinar la impresión sin alcohol con sistemas filtrantes adecuados. Con estas tecnologías puede reducirse fácilmente en 1000 litros anuales el volumen de aguas residuales por máquina de imprimir. Otra fuente de ahorro es la producción de planchas sin agentes químicos, pues con ella la unidad de lavado ya no tiene que ser alimentada permanentemente conjuga. De esta manera, en caso de imprimir un millón de pleigos con 1250 planchas, pueden ahorrarse hasta 11500 litros de agua.

El papel está causando la muerte de los bosques.

La industria papelera no puede prescindir por completo de la madera. Pero conviene recordar que de los 22,5 millones de toneladas de papel, cartón y cartonajes que en 2014 se fabricaron en Alemania, más del 74 por ciento proceden de papel reciclado. Sólo un diez por ciento de la madera que se consume en Alemania se destina a la fabricación de papel. La mayor parte -cerca de 11 millones de metros cúbicos, es decir, alrededor del 20 por ciento- va a parar a las estufas como material de calefacción. Y tampoco se puede afirmar con fundamento que haya escasez de madera, pues desde 1950 las superficies forestales de Europa han crecido en un 30 por ciento.

Los libros digitales son más ecológicos que los de papel.

El ciberlector contribuye a preservar la selva tropical, reza la leyenda. ¿verdad que sí? Pues no. En un estudio realizado por el New York Times en el que se comparan los recursos que se consumen para producir un iPad de Apple y un libro convencional se ha demostrado que el dispositivo electrónico sólo es más respetuoso con el medioambiente si la producción de libros supera las 50 unidades. La fabricación de un solo iPad devora 15 kilogramos de minerales, 300 litros de agua y 100 kilovatios-hora de energía. El libro impreso, en cambio, requiere tan sólo 0,3 gramos de minerales, 9 litros de agua y 2 kilovatios-hora para el secado. En lo que se refiere al transporte, el libro digital sí aventaja al tradicional porque su descarga de Internet consume menos recursos. Ahora bien, para leer 50 libros la mayoría de los lectores necesitan por lo menos cuatro años. Apple, por el contrario, sólo tarda un año en sacar a la venta un nuevo modelo.